Hay noches en que el pasado
regresa con pasos de hierro,
como si llevara un decreto antiguo
ordenándonos abrir las puertas
que creíamos selladas.
Los recuerdos —
esos viejos gobernantes del alma —
alzaron sus banderas en mi pecho,
y volvieron a dictar sentencias
sobre instantes que creí vencidos.
Aparecen sin permiso,
sin calendario ni invitación;
se instalan en la conciencia
como reyes absolutos,
exigiendo tributos de nostalgia.
Hay memorias que acarician,
que se sientan a conversar con uno
como un amigo en la penumbra;
pero hay otras que son filo,
llaga que no se resigna,
sombra que no acepta exilio.
Y uno, obediente,
vuelve a caminar por pasillos rotos,
a encender lámparas muertas,
a desatar nudos que ya no pueden
salvarse.
La tiranía de los recuerdos
no se libra con espadas,
ni se destrona con olvidos forzados;
se atenúa apenas
cuando uno aprende a convivir
con sus fantasmas mansos,
sin temerles el rostro,
sin huir de su verdad.
Porque al final,
aunque duelan como munición antigua,
son parte de lo que fuimos,
de lo que somos,
y de lo que aún estamos intentando sanar.